DILOOP (V 5.0)

Camino del Sur (parte uno: la reconquista)

Posted in neocon by piezas on 23 agosto 2009

¿De dónde vienen todos esos neocóns (o en cultura francófona, neogilipollas), me pregunto?

Del sur.

Porque del Sur vienen el neoesclavismo y el negacionismo. Todos los ismos carcas vienen del Sur, hasta el petróleo viene del Sur igual que venía el algodón; si Quino levantara la cabeza… (ui perdón, llá lo he matao…)

Decía Bernhard (si, ya se, lo acabo twittear), que en Austria hay casi tantos suicidios como entre la audiencia de los humoristas de Intereconomía. Es apócrifo, pero si Bernhard viviera seguro que preguntaría dónde hay que firmar…

Lo mismo hasta hago otra entrada luego, así de derrochones estamos. O NO.

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Musha grassia, undivaga, salá ;-)

Actualizado casinseguida: porrquesque tenía una cierta intranquilidad. Sólo decir que Quino tenía el sur bastante más abajo, como debe ser….

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13 comentarios

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  1. Gemma said, on 23 agosto 2009 at 4:33 pm

    En mi vida había oído risas enlatadas más falsas

  2. piezas said, on 23 agosto 2009 at 5:50 pm

    Ni pseudo monólogo. Pamí que tienen dos botones: uno para las risas enlatadas y otro para los humoristas.

  3. piezas said, on 23 agosto 2009 at 7:18 pm

    Humoristas por supuesto es un decir.

  4. musmushi said, on 23 agosto 2009 at 8:56 pm

    Es absolutamente penoso … es que da hasta tristeza

  5. piezas said, on 23 agosto 2009 at 11:48 pm

    Creo que lo consideran gracia universal el que la mujer reivindique igualdad real, algo así como el colmo del humorismo; de ahí que se esfuerce poco el payo, musmushi ;-D

  6. Fétido said, on 24 agosto 2009 at 8:58 am

    A mí me ha gustao.

    Era groma.

  7. ZüberSanta said, on 24 agosto 2009 at 9:43 am

    Wenn das Publikum keine Alpträume hat, ist ihm sofort langweilig.

    (Si el público no tiene pesadillas enseguida se aburre. Cita hauténtica de Thomas Bernhard)

  8. piezas said, on 24 agosto 2009 at 10:04 am

    Fét, esquestá buenorra el neocón.

    Züber, permita que copie un fárrapo de un tequeseto autobiográfico. Porquesque tenía un humor negro el payo Bernhard que le vallió para granjearse las enemistades de una panda seriosos con poca capacidad para reirse de sí mihmos…. Deme un ratico…

  9. piezas said, on 24 agosto 2009 at 11:27 am

    …un fárrapo, le dije, verá mundo, le dije… y sin duda mese asustó usté. Nosapreocupe, es sólo un trozo infinitesimal de párrafo bernhardiano ;-DD Es sobre los premios:

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    […]curre, por ejemplo, el papel que desempeñó Paul en la llamada concesión del premio Grillparzer. Cómo fue el único, junto al ser de mi vida, que percibió todo el penetrante absurdo de esa concesión del premio y calificó aquella cosa grotesca de lo que era: una auténtica perfidia austríaca. Recuerdo que para esa concesión del premio de la Academia de Ciencias me compré un traje nuevo, porque creía que sólo podía presentarme en la Academia de Ciencias con un traje nuevo, y fui con el ser de mi vida a un almacén de confección del Kohlmarkt y busqué y me probé y me quedé con un traje apropiado. El nuevo traje era gris marengo, y pensé: con este traje nuevo gris marengo podré desempeñar mi papel en la Academia de Ciencias mejor que con el viejo. Todavía en la mañana de la concesión del premio consideraba esa concesión del premio como un acontecimiento. Había sido el centenario de la muerte de Grillparzer, y ser galardonado con el premio Grillparzer precisamente en ese centenario de su muerte lo consideraba algo extraordinario. Ahora los austríacos, mis compatriotas, que hasta este momento sólo me han pisoteado, me distinguen incluso con el premio Grillparzer, pensaba, y creía realmente haber alcanzado un punto culminante. Posiblemente me temblaban incluso las manos por la mañana, y puede ser también que tuviese la frente caliente. Que los austríacos, que hasta entonces sólo habían hecho caso omiso o burla de mí, me dieran de repente su más alto premio lo consideraba como una reparación definitiva. No sin orgullo salí del almacén de confección con mi traje nuevo y entré en el Kohlmarkt, para ir a la Academia de Ciencias, jamás en mi vida he recorrido el Kohlmarkt y en Graben y he pasado junto al monumento a Gutemberg con tal exaltación. Sentía exaltación, pero no puedo decir que me sintiera bien con mi traje nuevo. Siempre es un error comprar una prenda de vestir por decirlo así bajo vigilancia y acompañado, y yo había vuelto a cometer ese error, el traje nuevo me estaba demasiado estrecho. Sin embargo, probablemente tengo muy buen aspecto con este traje nuevo, pensé, al llegar con el ser de mi vida y con Paul ante la Academia de Ciencias. Las concesiones de premios, si prescindo del dinero que reportan, son lo más insoportable del mundo, habría tenido ya esa experiencia en Alemania, no ensalzan, como creí antes de recibir mi primer premio, sino que rebajan, y por cierto de la forma más humillante. Sólo porque pensaba siempre en el dinero que traen las soportaba, sólo por esa razón fui a los más diversos ayuntamientos viejos y a todos esos salones de actos de mal gusto. Hasta los cuarenta años. Me sometí a la humillación de esas concesiones de premios. Hasta los cuarenta años. Dejé que me defecaran en la cabeza en esos ayuntamientos y salones de actos, porque una entrega de premios no es otra cosa que una defecación en la cabeza de uno. Aceptar un premio no quiere decir otra cosa que dejarse defecar en la cabeza, porque le pagan a uno por ello. He sentido siempre las concesiones de premios como la mayor humillación que cabe imaginar, no como una exaltación. Porque un premio se lo entregan a uno siempre sólo personas incompetentes, que quieren defecar en la cabeza de uno y que defecan abundantemente en la cabeza de uno si se acepta su premio. Y están en su perfecto derecho de defecar en la cabeza de uno, que es tan abyecto y tan bajo como para aceptar su premio. Sólo en la mayor necesidad y cuando están amenazadas la vida y la existencia, y sólo hasta los cuarenta años, se tiene derecho a aceptar un premio que lleva consigo una suma de dinero o, en general, un premio o una distinción. Yo acepté mis premios sin estar en la mayor necesidad ni tener la vida y la existencia amenazadas, y con ello me hice abyecto y despreciable y, en el sentido más exacto de la palabra, repulsivo. Sin embargo, cuando me dirigía a recoger el premio Grillparzer, pensaba que aquello era distinto. La Academia de Ciencias era algo, y su premio era algo, pensaba cuando me dirigía a la Academia de Ciencias. Y pensaba, cuando los tres, el ser de mi vida, Paul y yo, llegamos a la Academia de Ciencias, que aquel premio, porque se llamaba Grillparzer y era concedido por la Academia de Ciencias, era una excepción. Y realmente pensaba, cuando me dirigía a la Academia de Ciencias, que probablemente me recibirían ya delante de la Academia de Ciencias, como es debido, según pensaba, con el necesario respeto. Pero nadie me recibió en absoluto. Después de haber esperado con los míos su buen cuarto de hora en la sala de entrada de la Academia de Ciencias, sin ser reconocido por nadie, ni mucho menos recibido; aunque, con los míos, miraba continuamente a mi alrededor, nadie me había hecho caso, mientras las personas que afluían y venían para aquella ceremonia habían tomado ya asiento en el abarrotado salón de actos, y pensé, entraré sencillamente con los míos en el salón de actos, lo mismo que los otros que han entrado ya. Y tuve la idea de sentarme exactamente en el centro del salón de actos, donde todavía quedaban algunos asientos libres, y entré con los míos y nos sentamos. Cuando nos sentamos, el salón de actos estaba ya lleno, y hasta la Ministra había ocupado ya su asiento en primera fila, bajo el estrado. La orquesta filarmónica pulsaba ya nerviosa sus instrumentos y el Presidente de la Academia de Ciencias, que se llamaba Hunger, iba excitado de un lado a otro por el estrado, y nadie, salvo yo y los míos, sabía por qué no comenzaba la ceremonia. Varios miembros de la Academia corrían de un lado a otro por el estrado, mirando al centro de la sala. También la Ministra volvía la cabeza hacia todos los lados de la sala. De pronto, un señor del estrado me vio sentado en el centro de la sala y le susurró algo al presidente Hunger y, dejando el podio, vino hacia mí. No le resultó fácil abrirse camino hacia mí, en el centro de la sala, por la fila ocupada. Todos los que se sentaban en esa fila tuvieron que levantarse, lo que hicieron de mala gana y, como pude observar, lanzándome miradas aviesas. Pensé que la verdad era que había tenido una idea pérfida al sentarme en el centro de la sala, porque el señor que venía hacia mí, como es natural miembro de la Academia, tenía las mayores dificultades para llegar. Evidentemente, pensé al instante, salvo ese señor nadie te ha reconocido aquí. Entonces, cuando el señor llegó hasta mí, todos me dirigieron sus miradas, pero cómo, severas y penetrantes. Una Academia que me da su premio y no me conoce siquiera, y que, porque no me he dado a conocer, me agrede con miradas severas y penetrantes, se hubiera merecido algo mucho más pérfido aún, pensé. Finalmente, el señor me hizo notar, por decirlo así, que mi sitio no estaba allí, donde estaba sentado, sino junto a la Ministra, en la primera fila, y que si tendría la amabilidad de ir a esa primera fila y sentarme junto a la Ministra. No obedecí a aquel señor, porque me había hecho la invitación en un tono realmente antipático y arrogante,, y en fin de cuentas también de una forma tan repulsivamente segura del éxito que, para conservar mi amor propio, tuve que negarme a salir con él de la fila y dirigirme al estrado. Que viniera el señor hunger en persona, dije. No podía invitarme cualquiera a ir al estrado, sino el Presidente de la Academia en persona. En el fondo, tenía muchísimas ganas de levantarme y dejar con los míos la Academia de Ciencias sin premio. Pero me quedé sentado. Yo mismo me había encerrado en la jaula. No había escapatoria. Finalmente vino a mí el Presidente de la Academia y fui con el Presidente de la Academia hasta delante del estrado y me senté junto a la Ministra, mi amigo Paul no pudo dominarse y estalló en una carcajada que conmovió a toda la sala, y que duró hasta que los músicos de la orquesta de cámara filarmónica comenzaron a tocar. Hubo algunos discursos sobre Grillparzer y se dijeron unas palabras sobre mí, en conjunto, sin embargo, fue una hora y, como siempre en esas ocasiones, se habló demasiado y, como es natural, tonterías. Durante esos discursos la Ministra se durmió y, como pude oir claramente, se puso a roncar, y no se despertó hasta que los músicos de cámara filarmónicos empezaron a tocar otra vez. Cuando terminó la ceremonia, se arremolinaron en el estrado tantos como pudieron alrededor de la Ministra y del presidente Hunger. A mí nadie me hizo ya caso. Como no dejé inmediatamente el salón de actos con los míos, oí todavía cómo la Ministra exclamaba de pronto: ¿Pero dónde está el escritorcete? Entonces tuve bastante, definitivamente, y dejé la Academia de Ciencias tan deprisa como pude. Sin dinero y dejarse defecar en la cabeza, indudablemente, fue en ese instante insoportable. Corrí, arrastrando más o menos a los míos, afuera, a la calle, y todavía oigo cómo Paul me decía mientras tanto: ¡Te has dejado utilizar! ¡Se han defecado en tu cabeza! Realmente, pensé, te han defecado en la cabeza. Pero tú te has dejado defecar en la cabeza, pensé, y por añadidura en la Academia de Ciencias de Viena. Antes de ir con los míos al Sacher, para digerir todo aquel perverso proceso del premio ante un lomo de ternera, fui aún al almacén de confección del Kohlmarkt en donde me había comprado antes de la ceremonia el traje nuevo. El traje me estaba demasiado estrecho y quería otro, dije en la tienda, y lo dije con una firmeza tan insolente, que los empleados me dejaron enseguida, sin resistencia, elegir un nuevo traje. Me probé dos, tres trajes, que bajé por mí mismo de las perchas, y me decidí por el más cómodo. Me quedé con el traje, pagué un pequeño suplemento, y pensé, cuando estaba otra vez en la calle, que pronto otro llevaría el traje que yo había llevado en la llamada concesión del premio Grillparzer en la Academia de Ciencias, y deambularía con él por Viena, eso me divirtió. Otra prueba, no menos clara, de la fuerza de carácter de Paul: la llamada concesión del Premio Nacional de Literatura (mucho tiempo antes del premio Grillparzer), que, según escribieron entonces los periódicos, terminó con un escándalo. El Ministro que, en el salón de audiencias del Ministerio hizo lo que se llama mi elogio, no dijo en ese elogio más que tonterías de mí, porque no hizo más que leer en un papel lo que le había escrito alguno de sus funcionarios encargado de la Literatura, por ejemplo que yo había escrito una novela sobre los mares del Sur, lo que, naturalmente, jamás había hecho. Aunque siempre he sido austríaco, el Ministro afirmó que yo era holandés. Aunque yo no tenía la menor idea de ello, el Ministro afirmó que yo estaba especializado en novelas de aventuras. En su discurso afirmó varias veces que yo era extranjero y huésped de Austria. Sin embargo, las insensateces leídas en el papel por el Ministro no me afectaron, porque sabía muy bien que aquel tonto de Estiria que, antes de ser Ministro, había sido en Graz secretario de la Cámara de Agricultura, encargado sobre todo de la ganadería, no tenía la culpa. Aquel Ministro, como, sin excepción, todos los demás Ministros, llevaba la estupidez escrita en el rostro, lo que era repulsivo pero no indignante, y aguanté sin más aquel elogio ministerial de mí. Sin embargo, después de que, por decirlo así para agradecer el premio, pronuncié unas frases que había escrito en una hoja de papel poco antes de la entrega del premio, a toda prisa y con la mayor repugnancia, una pequeña disgresión filosófica por decirlo así, en la que sólo decía que el hombre es miserable y tiene la muerte segura, mi disertación no había durado en conjunto más de tres minutos, el Ministro, que no había comprendido nada de lo que yo había dicho, saltó de su asiento indignado y agitó el puño cerrado ante mi cara. Resoplando de rabia me llamó además perro delante de todos los presentes y dejó el salón, no sin cerrar tras de sí la puerta de cristales con tal fuerza que se partió en mil pedazos. Todos los que estaban en el salón de audiencias se pusieron en pie de un salto y miraron estupefactos la precipitada salida del Ministro. Durante unos minutos reinó, como suele decirse, un profundo silencio. Entonces ocurrió lo curioso: toda la concurrencia, a la que sólo puedo calificar de jauría oportunista, se precipitó tras el Ministro, no sin arremeter antes contra mí, no sólo con insultos sino también con puños cerrados, recuerdo muy bien el puño cerrado que el señor Henz, presidente del Senado de las Artes, agitó ante mí, lo mismo que todos los demás homenajes que me dirigieron en aquel instante. Toda la concurrencia, unos centenares de vividores de las artes, pero sobre todo escritores, o sea colegas, como suele decirse, y sus acompañantes, se precipitaron tras el Ministro y rehúso enumerar los nombres de todos los que se precipitaron tras aquel Ministro por la puerta de cristales destrozada, porque no tengo ganas de ir a juicio por semejante ridiculez, pero fueron los más conocidos y los más famosos y los más considerados quienes se precipitaron fuera de la sala y por la escalera detrás del Ministro, dejándome plantado, con el ser de mi vida, en la sala de audiencias. Como un leproso. Nadie se quedó conmigo y con el ser de mi vida, y todos, pasando ante el refrigerio preparado para ellos, se precipitaron fuera siguiendo al Ministro y bajaron la escalera… salvo Paul. Fue el único que se quedó conmigo y con la compañera de mi vida, el ser de mi vida, consternado y divertido a la vez por el incidente. Más tarde, cuando no podía resultarles ya peligroso, algunos, después de haber desaparecido al principio, se atrevieron a volver a mí, y regresaron a hurtadillas a la sala de audiencias, un pequeño grupito que finalmente se puso a delib[…]
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  10. ZüberSanta said, on 24 agosto 2009 at 11:59 am

    Si es que a quién se le ocurre darle un premio nacional a Bernhard. Es como si le dieras el Nobel a la Jelinek… oh, wait…
    Por cierto, vaya rollo raro el de Bernhard con las ancianas, entre el “ser de su vida” y la Hoppe. ¿Lo contrario de asaltacunas es asaltasarcófagos?

  11. piezas said, on 24 agosto 2009 at 12:24 pm

    u nsudeferto asaltatumbas.

    No recuerdo qué periodista (mujer) de El Pais fue en una ocasión a hacerle una entrevista. En una columna posterior confesó haber estado aterrada ante la perspectiva, y debió poner tanto celo y cuidado en tratar que su comportamiento fuera neutro y alejado de toda mala interpretación que debió terminar sobreactuando, Bernhard la debía mirar como a una marciana y estuvo correcto todo el tiempo. En días posteriores no se sacaba de la cabeza la impresión que podía haber dejado en él, y el punto culminante llegó cuando alguien le pasó el artículo: “La periodista española que vino a mí para que le hiciera un hijo, por Thomas Bernhard”. Trágame tierra, llátusabes ;-DDD

  12. Small Blue Thing said, on 24 agosto 2009 at 6:10 pm

    Me perdone que no me lea el cachopárrafo. El día de la Tertulia con un Rojo (y Pimentel) pusimos Intereconomía pronto y antes de la Tertulia con un Rojo propiamente dicha ponían lo más mejor de esos tipos.

    Lo más mejor no eran las risas: era la locutora que “interactuaba” con ellos diciendo “¡Nontiendonada!”.

  13. piezas said, on 24 agosto 2009 at 7:07 pm

    Es un continuum, Pitu. Lo más mejóun es todo!! No he visto cosa más encorsetá entre almidones, larriordiga…


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